AMORPHOUS - CHRISTIAN STONE

August 17, 2018

 

 

 

Fotografía: Izack Morales.

Dirección Creativa y Styling: Carlos Victimo

Modelo: Irene @Gh Model Management

Maquillaje y Peinado: Stephanie Sznicer

Asistente General: @Diego Márquez

 

Texto: Graciela Martin

 

“Ella no mantiene su carne sobre los ganchos por mucho tiempo, aunque tendrá su precio; pero aquí nada se pudre. Puede tener la carne vestida de acuerdo su preferencia, y no hay necesidad de cortar dos veces la misma articulación; y si gusta, puede matar su propio cordero.”

El anterior extracto es de un manual de burdeles del siglo 19 que alude al tema de cubrir el cuerpo con el fin de vestirlo para provocar y excitar.

A la vez, despoja a la mujer de toda identidad al referirse a ella como a un mero corte de  carne.

 

Blusa: Raúl Orozco - Blusa Interior: Ready to Die - Corset: Maya Hansen - Medias: Cecilia de Rafael 

 

En efecto, “no soy un pedazo de carne” la tan repetida frase que ha salido de la boca de millones de mujeres (y algunos hombres) que intentan defenderse del culto al cuerpo como objeto de producción y consumo.

 

Más allá del discurso feminista y vegetariano que propusiera Carol J. Adams en su libro  “La Política Sexual de la Carne", y de dónde provienen las ideas anteriormente expuestas, cabe hacer la pregunta, independientemente de nuestro género o identificación sexual, ¿qué seríamos realmente sin cara?

Tal vez hormigas, como las que cruzan arenales y bosques, animalitos diminutos circulando en un hábitat de cemento. Además, desprovistos de ropa y desde lejos, nos veríamos igual de pellejudos y salvajes que las bestias que criamos y eventualmente sacrificamos para alimentar y vestir nuestra mundanal existencia.

 

Desnudos y amontonados no somos tan diferentes de puercos apilados en una carnicería. Una imagen de Spencer Tunick, quien se dedica a retratar multitudes desnudas, basta para comprobarlo. En sus obras, a veces, cada persona no parece más que un trazo “color piel” en una pintura impresionista. Y quien sabe, si como en una de sus fotografías, no somos más que una serie de culos espectadores de una obra de teatro.

 

Si nos viéramos por dentro, rebanados como un salchichón, en cortes transversales, horizontales o seccionados, (como lo hiciera alguna vez controversial exposición de “Bodies”) sin la más mínima intención de aludir al morbo, sino con una mirada analítica y consciente, no somos tan diferentes de los animales de sangre caliente y roja.

Somos frágiles, como pollos de criadero y manipulables como ganado. Sí, con frecuencia,  no siempre. Pero, ¿por qué tanta arrogancia por nuestra supuesta inteligencia cuando vamos ciegamente camino a la autodestrucción?  

 

Qué fácil es escandalizarse por el maltrato animal y llevar la última Vuitton en cuero de avestruz. Qué tierno es rescatar a cachorritos en la calle y mirar a los demás por encima del hombro.  Qué fácil es tener la verdad moral del consumo animal sin tener en cuenta que la agricultura devasta a faunas enteras. Es complicado, por donde se le mire. Todos tienen y razón y no la tienen a la vez.

Pero más complicado aún es no señalar con el dedo y no sacar las garras. Si tanto presumimos de un cerebro más grande, que tantos años tardó en evolucionar, ¿por qué es tan difícil ser conscientes?  ¿Por qué es tan difícil ejercer esa supuesta capacidad que nos diferencia del resto del reino animal?

 

Consumimos vida para seguir con vida, para dar vida. Los osos negros que se alimentan exclusivamente de arándanos tienen la grasa morada. Y quienes han probado su carne dicen que se puede sentir el sabor. ¿Alguna vez hemos pensado en la carne que está dentro de nuestra carne? Eres lo que comes nunca fue más cierto.

 

Da miedo enfrentarse con nuestra frágil, finita y perecedera existencia, como la de un bistec. Si al no tener rostro nos reducimos prácticamente a un objeto para el consumo, tal vez ponerle “rostro” a lo que, sin pensar,  consumimos nos devuelva un poco la conciencia.

No hay que lucir el vestido de Lady Gaga, ni  hacer declaraciones estrafalarias. Paradójicamente el debate de la carne no es acerca de carne, ni de qué es mejor o peor. Es acerca de identidad. Lo que consumimos y cómo lo hacemos, en todo sentido, nos define.  Y ese abanico de posibilidades se manifestará, como en los osos negros, en el “sabor” de nuestra carne.

 

Total Look: Raúl Orozco  

Medias: Cecilia de Rafael 

Medias: Cecilia de Rafael - Velo: Luciana Balderrama

Blusa: Raúl Orozco - Blusa Interior: Ready to Die - Corset: Maya Hansen - Medias: Cecilia de Rafael 

Vestido: Calvin Klein

Blusa: Aviesc

Total Look: Raúl Orozco  

 

 

ENG.

 

“... She does not keep her meat too long on the hooks, though she will have her price; but nothing to get stale here. You may have your meat dressed to your own liking, and there is no need of cutting twice from one joint; and if it suits your taste, you may kill your own lamb or mutton...”

 

The above excerpt is a metaphor from a 19th-century brothel manual which touches upon the subject of covering the body to provoke and excite while stripping the woman of all identity by referring to her as a ‘mere cut of flesh.’ Indeed,  "I am not a piece of meat," is an all too well-known phrase that has countless times come out of the lips of millions of women (and some men) who have tried to defend themselves from the cult of the body as an object of production and consumption.

 

The ideas above are discussed in detail in Carol J. Adams’ book The Sexual Politics of Meat, and beyond her extensive vegetarian and feminist debate, it brings us to ask ourselves: what are we really without a face? Regardless of our gender or sexual identification.

 

Perhaps we’d be an army of ants, like those crossing a sandy beach or a forest, nothing more than tiny animals going about our lives in habitats made of concrete.  Devoid of clothes and seen from afar, we would look just as fleshy and savage as the beasts we raise and eventually sacrifice to feed and clothe our mundane existence.

 

Naked and piled up we are not that different from pigs stacked up in a butcher shop. It would only suffice to look at the imagery of Spencer Tunick for proof. In his work, often a human beings look like nothing other than flesh-colored brush strokes from an impressionist painting. Maybe, like in one of his photographs, we are nothing other than a bunch of bottoms spectating a play.

 

If we saw ourselves from the inside, sliced like sausages or cross-sectioned (like that infamous "Bodies" exhibition) but with an analytical and conscious view, rather than a gruesome one,  it would be easy to see we’re not so different from most warm-blooded animals.

 

We are fragile, like chicks that just hatched, and often prone to being manipulated like cattle. But why are we so arrogant about our supposed intelligence when we blindly conduct ourselves towards self-destruction?

 

It’s so easy to be scandalized by animal abuse while wearing the latest Vuitton bag in ostrich leather. It’s so kind to rescue a stray dog on the street while looking down on others. It’s so easy to claim the moral truth on animal consumption while overlooking the fact that agriculture can also be devastating for the environment. It's a complicated subject, no matter how you look at it. Everyone can be right and wrong at the same time.

 

But not pointing a finger and drawing out your claws can be harder still. If we boast such a large brain, that took so long to evolve, why is it so difficult to be conscientious? Why is it so difficult to use that capacity that differentiates us from the rest of the animal kingdom?

 

We take life to live and to give life. Black bears have purple fat because they feed exclusively on blueberries and those who have tasted the meat have praised its fruity flavor.  Have you ever thought about the meat inside your own? You are, indeed, what you eat.

 

It's not easy to face the fact that we have a fragile, finite and perishable existence, very much like a steak. Without a face, we’re practically reduced to an object for consumption. So perhaps putting a "face" on what we mindlessly consume will give us back our consciousness.

 

Curiously though, the meat debate is not about meat,  nor about what is good or bad about our consumption habits. It's about identity, and about how we consume, in every sense, defines us. All of those possibilities will eventually manifest themselves, as they do in black bears, in the "taste" of our flesh.

 

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